Hay Que Ser Valiente

Cuando en Enero de 2024 recibimos la llamada de madrugada de que nuestro padre había fallecido, así, sin previo aviso, de manera completamente súbita, mi hermana y yo vivíamos a 10 minutos la una de la otra, pero a 7 horas en avión de nuestro padre.

Mientras nuestros hijos dormían compramos billetes de avión y alquilamos un piso vacacional para lo que sería una de las peores semanas de nuestras vidas. Veinticuatro horas después de esa llamada entrábamos por la puerta del que era uno de los tres herbolarios Salud Mediterránea, el último en abrirse, el que abrió mi padre después de la muerte de mi madre, el de la calle Barquillo.

Nuestros padres empezaron el herbolario en el Paseo Santa Maria de la Cabeza 3. Yo tenía 9 años, mi hermana 13. En realidad la tienda la habían tenido desde hacía más tiempo, pero fue en 1988 cuando decidieron que ya era hora de cambiar el negocio que durante algún tiempo había sido una curiosa mezcla entre Almacén de Tripas, lo que siempre había sido, y Herbolario, lo que quería ser.

En casa, especialmente durante las cenas en familia, se hablaba de las ventas del día, de nuevos productos, de clientes que se hacían amigos. Mientras nosotras íbamos al colegio, mis padres trabajaban en la tienda. Durante el descanso de la comida iban a almacenes buscando más productos para introducir en las estanterías de madera. Cerraban a las 20 y a casa no llegaban hasta casi las 21. Pero ahí les esperaba la cena hecha y la mesa puesta- ambas cosas hechas por mi hermana y por mi. Los sábados acompañábamos a mi padre y atendíamos a clientes, a algunos de los cuales les parecía mal que dos niñas estuviesen trabajando.

Mis padres emprendieron por necesidad, no por tener una visión de futuro brillante. Quizás por eso, y a pesar de que el sacrificio de tener un negocio propio recaía también en nuestros pequeños hombros, en casa nunca se esperó, ni se promovió, que ni mi hermana ni yo continuásemos con la tienda.

Aunque el herbolario se hacía poco a poco un lugar de referencia en Madrid, los márgenes de muchos de los productos que se vendían eran mínimos. Una de las primeras lecciones que aprendí sobre economía es que había una gran diferencia entre lo que se “vendía” y lo que se “ganaba”. Además mi padre, que no había estudiado, y mi madre, que sí, querían que ambas fuésemos a la universidad a estudiar algo que nos ayudase a vivir mejor que ellos. Nuestro futuro, ellos pensaban, estaba fuera de la tienda.

Mi hermana estudió empresariales, haciendo luego un MBA internacional y trabajando en Nueva York para una de las empresas de cosmética más importantes del mundo. Yo estudié periodismo, decidiendo realmente sin pensarlo bien que quería estudiar en Estados Unidos, de donde nuestra madre era. Después de hacer la carrera volví a España y ayudé a mis padres a abrir el herbolario de Ortega y Gasset, el que cariñosamente llamábamos la tienda de Mamá. Pero las ganas de trabajar en lo mío me pudieron y volví a Estados Unidos donde ejercí mi profesión. Ahí estuve hasta que mi madre se puso enferma, o más bien hasta que era imposible negar que mi madre tenía demencia a los cincuenta y tres años.

Volví a España a cuidar a mi madre mientras que mi padre seguía trabajando en las tiendas. Por las noches él y yo hablábamos de todo, desde la injusticia de la enfermedad de mi madre, de su deseo de no padecer ninguna enfermedad que le hiciese ser dependiente de otros, además del día a día de la tienda y del futuro que él veía.

Estuve cuatro años viviendo entre España y Estados Unidos, donde estaba mi marido. Varias veces hablamos de la posibilidad de mudarnos a España, pero mi padre insistía que no, que era mejor que viviese mi vida fuera; fuera de España, fuera de la tienda. Mi hermana mantuvo conversaciones similares con él durante años. Por razones que no entiendo completamente mi padre prefería que mi hermana y yo viviésemos cerca una de la otra, pero en Estados Unidos.

Mi madre murió acompañada por las personas que más quería. Su marido, el amor de su vida, y sus dos hijas. A los pocos meses mi padre abrió la tienda de la calle Barquillo, un proyecto con el que pretendía llenar el vacío que había dejado mi madre en su vida.

Esa casi década sin mi madre fue igual de dura como bonita. Mi padre pudo ver a nuestros hijos crecer, y nosotras presenciamos como él compartía todo lo que sabía sobre salud con nuestros hijos igual que había hecho con nosotras y con sus clientes. Aunque nunca quiso verse como abuelo, se convirtió en un super abuelo que hacía mortales en la piscina a los 70 años y plantaba rabanitos de forma que, al crecer, deletreaban los nombres de sus nietos.

Como familia estábamos muy unidos, y como la tienda era parte de la familia tanto mi hermana como yo teníamos diferentes roles en ella a parte de nuestras vidas profesionales, siempre discretos, siempre teniendo muy presente que nuestro padre era el dueño y que nosotras ayudábamos tanto como él quisiese. A veces nos pagaba como consultoras, otras no.

Mi hermana fue una de las principales promotoras de la marca blanca, ahora Herbolario S. Mediterránea, y la que, cuando las páginas web aún parecían ciencia ficción abrió la primera versión de nuestra tienda online.

En Enero de 2024, durante esas siete noches en Madrid, después de pasar largos días atendiendo tanto las necesidades de la tienda como los trámites después del fallecimiento de nuestro padre, Ruth y yo intentábamos entender la situación que se nos venían encima. Sentadas en el sofá decidimos que solo continuaríamos con la empresa si ambas así lo queríamos. Para nosotras lo más importante era seguir unidas.

Parece una locura pensar en no continuar una empresa de éxito, sin embargo cuando te das cuenta que lo tienes que hacer desde otro continente y que la empresa en realidad no estaba montada como tal, cerrarla, o venderla a bajo precio, parecía atractivo.

Sin embargo Ruth y yo no solo habíamos crecido en la tienda si no que nos criaron dos personas muy trabajadoras y valientes, así que después de un largo proceso de herencia nos echamos adelante. Durante los primeros meses en mi cabeza no paraba de escuchar la voz de mi padre diciendo “Hay que ser valiente”.

En este tiempo nos hemos encontrado con gente que nos ha apoyado y ha creído en nosotras, pero también con personas que, sin saber por lo que estábamos pasando, han dudado de nuestras decisiones y nuestras capacidades.

Sin embargo desde que juntas tomamos la decisión de crear la empresa con la que operamos desde Julio de 2025 para mantener los herbolarios, he aprendido de que una empresa de éxito necesita un equipo, no un líder único, que cuando algo o alguien falta pueda resolver hasta el peor de los reveses, como el fallecimiento repentino del dueño.

Hugo era un líder excepcional y en las tiendas - y en nuestras vidas - sentimos mucho su ausencia, sin embargo detrás tenía un gran equipo del que Ruth y yo habíamos sido parte toda la vida.

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